28 jul 2021

Un futuro para mi Pascuala

28 jul 2021

Un futuro para mi Pascuala

1er. puesto concurso #YoTengoUnFuturo

¿Qué te pasa Juan? Anoche no dormiste nada. Estuviste dando vuelta y vuelta. Tu dulce voz me retorna del ensimismamiento en el que me encuentro. Te miro fijamente a través de la débil luz de una vela que ilumina el cuartito que alquilamos en las afueras de la ciudad. Ahí estás, mi adorada Pascuala sentadita al borde de la cama, observándome con esos ojitos de vizcacha que me roban la calma cada vez que los miro.

¡Casi parece ayer cuando te vi por primera vez! ¡Eras tan hermosa! Tu espléndida pollera se contoneaba al compás de la banda del pueblo; mientras tus coloridas trenzas, adornadas con flores del campo, danzaban al compás de tu juvenil cuerpo. Aquella tarde andina nuestros corazones se entrelazaron y ya nunca más quisieron separarse.

—¡Juan, ya levántate! ¿Qué tanto piensas hombre? Hay que ir a vender. ¿Qué comeremos mañana? –me rezongas dulcemente; mientras arreglas los dulces en la carretilla que cada mañana llevamos al mercado en busca del sustento diario.

¡Ay Pascualita de mi vida! ¡Cuánto hemos trabajado toda la vida juntos! Algunas veces haciendo de albañil, otras de estibador y tú vendiendo siempre alguito para ayudarme. Nuestros amados hijos crecieron y se extraviaron en la inmensidad del mundo. Ahora, solo somos dos tristes viejos, sin fuerzas, cansados y enfermos.

Cuánta razón tenía mi compadre Tobías —Ahorra para tu vejez —me decía; mientras asentábamos ladrillos o cargábamos enormes sacos de papa en el mercado, pero siempre fui un testarudo, un cholo desconfiado. Veía la vejez como algo muy lejano y nunca pensé en el mañana. Orgulloso observaba mis manos grandes, mi espalda ancha y mis piernas fuertes. Trabajo nunca me faltaba y por mi Dios y mi Pascuala, juro que nunca les faltó nada a mis hijos, al menos lo necesario.

Sin embargo, mi compadre Tobías, todos los meses depositaba una platita al banco. Yo le decía “por gusto regalas tu plata”. —Estoy asegurando mi futuro, compadrito. Deberías hacer lo mismo –me decía. Yo solo reía a grandes carcajadas que espantaban a las palomas que anidaban en las vigas del mercado.

Ahora, los dos hemos envejecido. Él recibe mensualmente una pensión del Estado y, cada vez que se enferma, el seguro de salud lo atiende sin costo alguno. En cambio, tú y yo, querida Pascuala, tenemos que seguir trabajando, a pesar que hay días, como esta triste mañana de invierno, que no quiero ni puedo levantarme.

Pascualita, ¿recuerdas que el mes pasado enfermaste? Parecía que un gato ronroneaba en tu pecho. No pudimos ir al médico. Así no más, con las hierbitas que nos trajeron los vecinos te curaste. Pero desde entonces siento que la alegría y el entusiasmo se rompieron en tu alma.

—¡Apúrate, Juan! —me dice mi vieja, mientras intenta arrastrar la carretilla con su cansado cuerpecito.

Si supieras Pascuala, que un dolor agudo en el pecho no me deja dormir hace meses; pero no te cuento nada para no preocuparte. ¡Si con las justas tenemos para vivir!

Esta mañana no quiero y la verdad, no puedo levantarme Pascuala. Quiero estar así, recordándote en la fiesta del pueblo, bailando con tus largas trenzas multicolores y tu pollera danzando al viento. Necesito extasiarme en la inmensidad de tus ojos de vizcacha, que desde aquel día no dejaron de mirarme con profundo amor.

¡Pascuala, ahora me levanto y te ayudo a empujar nuestro futuro! ¿Qué me está pasando? Pascualita, ¿por qué lloras? ¿Por qué en tu rostro hay un rictus de terror y angustia? Pas... cua... li... ta...

Autora: Delma Luz Colque Ninaja

Edad: 51 años